martes, 27 de octubre de 2026

¿De verdad son las pensiones de nuestros padres el problema de nuestros hijos e hijas?

 

 

Hace unas semanas escuché a Jon Echeverría, un joven político que actualmente encabeza la candidatura del Partido Popular al Congreso por Gipuzkoa, hablar de las dificultades económicas de su generación. Comparaba los salarios de los jóvenes con las pensiones de jubilación, señalaba la creciente concentración de riqueza en las generaciones mayores y denunciaba lo que calificaba como un «atraco fiscal cada vez mayor» para financiar unas pensiones que su generación no sabe si llegará a percibir.

Sus palabras me dejaron una sensación amarga. No porque los jóvenes carezcan de motivos para preocuparse por su futuro, sino porque el debate sobre sus dificultades económicas terminaba poniendo el foco en las pensiones de nuestros mayores.

Reconocer los problemas que tienen los jóvenes hoy en día no debe llevarnos a enfrentar a unas generaciones con otras.

Tengo 61 años y sigo trabajando. Pertenezco a una generación que ha conocido de cerca las condiciones de vida de sus padres y que ahora observa las dificultades de sus hijos e hijas para construir su futuro. Y creo que necesitamos una conversación sincera entre generaciones.

Nuestros padres pertenecieron a una generación en la que muchas personas comenzaron a trabajar siendo prácticamente niños, apenas tuvieron oportunidades de estudiar, soportaron largas jornadas laborales y vivieron con importantes carencias materiales. Las mujeres, además, afrontaron enormes desigualdades, dependencia económica y una carga de trabajo doméstico y de cuidados que rara vez fue reconocida.

Actualmente, muchos de nuestros hijos e hijas, incluso teniendo estudios y trabajando, encuentran enormes obstáculos para acceder a una vivienda, independizarse o desarrollar sus proyectos de vida.

También mi generación ha vivido transformaciones profundas. Hemos visto cómo se incorporaban masivamente las mujeres al empleo remunerado, cómo avanzaba la tecnología y cómo aumentaba nuestra capacidad de producir. Hoy, en numerosos hogares, trabajan los dos miembros de la pareja y, sin embargo, eso no siempre se traduce en mayor seguridad económica ni en más tiempo para vivir.

Tenemos más cosas, consumimos más y disfrutamos de avances indiscutibles. Pero ¿tenemos más tiempo para nuestros hijos e hijas, para nuestros mayores, para descansar o para disfrutar de la vida?

Después de décadas de avances tecnológicos y aumentos de productividad, ¿cómo se han repartido los beneficios de ese progreso entre las empresas, sus propietarios y las personas trabajadoras?

No todas las empresas son iguales. Las pequeñas empresas y los autónomos afrontan muchas veces dificultades reales para mantener su actividad. Pero tampoco podemos aceptar que su viabilidad dependa de unas condiciones laborales injustas. Si una empresa solo puede remunerar seis horas de trabajo, no debería exigir una jornada de ocho. Las dificultades económicas de una empresa no pueden resolverse trasladando sus costes a las condiciones laborales de quienes trabajan en ella.

Y cuando una empresa aumenta su productividad y sus beneficios, es legítimo preguntarse qué parte de esa mejora llega a quienes contribuyen a hacerla posible.

La riqueza se genera gracias al trabajo, al conocimiento, a la inversión, a los recursos naturales y a unos servicios e infraestructuras públicas que sostenemos colectivamente. Por eso, debemos preguntarnos no solo cuánto crece la economía, sino cómo se distribuye la riqueza que producimos.

¿Hasta qué punto estamos sosteniendo determinados modelos de negocio mediante salarios bajos, jornadas prolongadas y una distribución desigual del trabajo, del tiempo y de los beneficios?

Nuestros mayores trabajaron durante décadas, muchas veces en condiciones durísimas, y contribuyeron a construir la sociedad que hemos heredado. Sus pensiones forman parte de un sistema de protección social que debemos preservar.

Por supuesto que tenemos que hablar de su sostenibilidad. Vivimos más años, la población envejece y debemos garantizar que nuestros hijos también puedan disfrutar de una jubilación digna. Pero esa conversación tiene que incorporar los salarios, la productividad, la fiscalidad y la distribución de la riqueza.

¿Por qué, cuando hablamos de las dificultades económicas de nuestros hijos e hijas, el PP  pone el foco en las pensiones de los mayores, en lugar de situarlo en la evolución de los salarios, la productividad de las empresas, sus beneficios y la distribución de la riqueza?

A mis 61 años, después de toda una vida trabajando, quiero que mis hijos vivan una vida digna, del mismo modo que mis padres lo quisieron para nosotros. Pero no quiero que eso suceda a costa de quienes ya han dedicado su vida al trabajo.

Nuestros padres, nuestros hijos e hijas y nosotros mismos no somos generaciones enfrentadas. Somos parte de una misma sociedad.

El verdadero debate no debería ser cuánto tenemos que quitarles a nuestros padres para que puedan vivir nuestros hijos, sino cómo distribuimos de manera justa una riqueza que generamos colectivamente, pero cuyos beneficios se concentran cada vez más en unas pocas manos.

Porque el progreso no debería medirse únicamente por cuánto crece la economía o cuánto aumentan los beneficios empresariales, sino por cuánto mejora la vida de las personas, cuánto tiempo tenemos para vivir y hasta qué punto somos capaces de garantizar una existencia digna a todas las generaciones.


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